Siempre hablaba en una lengua extranjera, como cuando trataba de materializar un discurso tan coherente en su mente, tan incongruente ante la mirada del otro. Llegó a un nuevo país a los 5 años, y los niños de su clase le hablaban en una lengua no indoeuropea, dando por hecho que lo entendería todo. La familia la llevaba los sábados a mirar cómo era aquella cosa inefable en la que los francos reinaban y la cultura era excelsa, y los niños del parque trataban de comunicarse con ella con esa fonética tan suave pero ininteligible.
Pasaron los años y en su nuevo hogar le hablaban dialectos de un idioma que tampoco era el suyo, similar, sí, pero no el suyo. Su conciencia hablaba un idioma extraño y nunca se había tomado la molestia de enseñárselo al resto del cerebro. Su cuerpo callaba a menudo, cuando los ojos hubieran saltado en una batalla campal de sustantivos en un idioma que juntara todos en los que algún día ella trató de hacerse entender. Se traducía a cada paso para poder comunicarse con el otro, creyendo que algún día alguien dejaría de parafrasear. Un día amaneció y se dio cuenta de que un mar de intertextos recogidos en diccionarios enciclopédicos y enciclopedias taxonómicas la habían engullido y sus únicas construcciones eran frases repetidas, aforismos, citas y estupideces similares.
